LA BATALLA DE LAS IDEAS EN EL SIGLO XXI

Hace unos 10.000 años, alguien tuvo la ocurrencia de devolver los frutos obtenidos de la recolección al suelo, en vez de devorarlos. Así, se inventó la agricultura y así aparecieron las primeras élites sociales: Los graneros de unos se llenaban más que los de otros, estableciéndose de ese modo una precaria jerarquización social.
Desde ese instante, la cultura de cada época siempre ha estado ligada a los notables de cada sociedad concreta. Y las vías por la que ésta se difundía se establecieron para proveer a esas élites. Con este simple axioma se puede explicar gran parte de la Historia de la Humanidad hasta el siglo XIX.
Sin salir de la prehistoria reciente, la mayoría de los vestigios conservados fueron
elementos disfrutados en su día mayoritariamente por un grupo de potentados, desde
los reyezuelos sepultados en los enterramientos de carro de hace 1.800 años hasta la cerámica campaniforme, utilizada hace unos 3.000 en banquetes rituales. En ese momento, ya existían importantes rutas comerciales (Vías de difusión cultural) por las que circulaban esos productos de lujo.
El avance paulatino de los siglos trajo consigo un nuevo ingenio:
A través de una sucesión de signos se podía cifrar un mensaje que aquel que entiende las grafías y su sucesión, comprendería. Aquello fue utilísimo para hacer registros de propiedad e inventarios, pero pronto fue también utilizado con fines menos materialistas.
Así es como nació la escritura, una de las mayores revoluciones culturales de la historia. Tanto fue así, que su aparición marca el paso de la Prehistoria a la Historia.
Sin embargo, la nueva cultura, la escrita, no dejo de ser el monopolio de una élite: Muy pocos sabían leer y escribir. Ni siquiera los avanzados griegos con su Paideia dieron un vuelco a esta situación:
Solo una parte de los ciudadanos recibían educación, siendo éstos una élite económica
y política que se sostenía sobre una gran masa de trabajadores manuales, agricultores y esclavos. Sus herederos, los romanos, tampoco modificaron la situación: La cultura, escrita y no escrita, siguió siendo propiedad exclusiva de unos pocos. La cultura del pueblo llano podía incluso entenderse como independiente. Cuando uno piensa en cultura clásica se le viene a la cabeza la Acrópolis, la filosofía griega, Homero, Cicerón, el Panteón de Agripa, … Todo ello creado y disfrutado por unos pocos, ya que, aunque Sócrates diese lecciones gratuitas, no serían muchos los capacitados para comprenderle.

La desaparición del Mundo antiguo allá por el 476 d.c. cambió las cosas, pero a peor: La élite alfabetizada y educada, creadora y consumidora de cultura, se redujo más de lo que ya estaba.
Tan solo unos pocos, clérigos normalmente, conservaron y crearon cultura durante unos 500 años. La aparición de las Universidades en torno al año 1.000 tan solo permitió expandir tímidamente el volumen de la élite cultivada.
Sin embargo, la historia no se detiene y nuevos ingenios, comparables a insertar semillas en la tierra para controlar el crecimiento de las plantas o colocar de manera consecutiva una serie de símbolos para encerrar un mensaje, hicieron acto aparición. En este caso, al alemán Johannes Gutenberg se le ocurrió que podía copiar y reproducir obras escritas utilizando una máquina que imitaba una prensa de vino. Su brillantez, evidente hoy, no le impediría morir pobre.
Paradójicamente poco tiempo después de dejar este mundo, a su yerno le comenzaron a

llover los encargos. La producción de libros creció exponencialmente en toda Europa: Comenzó la producción en masa de copias de obras escritas.
A pesar de ello el número de analfabetos no descendió de manera notable: El invento sirvió para proveer al clero, a nobles, a las universidades y los grandes comerciantes. Es decir, a las élites religiosas, nobiliarias, intelectuales y económicas que estaban plenamente establecidas ya en Medievo. Esa tónica general se mantuvo durante toda la Edad moderna. Los propios ilustrados, padres intelectuales del futuro liberalismo, son un buen ejemplo de ''élite cultivada''.

La quiebra de este modelo histórico llegaría de manera paulatina a lo largo de los siglos XIX y XX: La producción masiva de obras escritas se combinó con la alfabetización de las masas. El índice de analfabetos descendió de manera brutal en cuestión de décadas.
Por primera vez, la cultura podía llegar a prácticamente al conjunto de la población. Seguía estando creada por una élite, sí, pero su difusión era ya total.
De este proceso derivaron una serie de consecuencias: Si las obras escritas podían
ser producidas en masa, difundirse por todo un país y eran comprendidas por todo hijo de vecino al que llegasen, entonces también toda la población podía ser influida: Junto a la alfabetización masiva, aparecen ligadas de manera inseparable, la propaganda masiva y la opinión pública.
Desde la segunda mitad del siglo XIX las obras políticas y propagandísticas sufrieron un espectacular crecimiento: Todo partido político, sindicato, agrupación literaria, parroquia, … poseía su propio periódico o folleto.
Este modelo no solo fue utilizado por los nuevos actores político-sociales como el movimiento obrero, sino que las fuerzas herederas del Antiguo régimen como los católicos políticos o los Carlistas, se adaptaron perfectamente a las modernas fórmulas de propaganda.
A través de este modelo las masas fueron ideologizadas por primera vez: Antes del siglo XIX las clases bajas carecían de ideología y se movían por impulsos instintivos. Los levantamientos, en caso de darse, eran puntuales y sin un trasfondo ideológico, lo
que hacía que en muchos casos se apagasen con el tiempo. Ahí tenemos las revueltas

del hambre, iniciadas por algo tan instintivo y natural como la falta de alimento. En el mejor de los casos, los levantamientos podían hacerse también en defensa de la tradición al ser ésta heredada desde tiempos inmemoriales, movimientos que también carecían de un programa profundo de cambio. Esta idea se resume en la consigna muchas veces repetida: Viva el Rey y abajo el mal gobierno, que armonizaba el deseo popular de cambios, con el de mantener el statu quo heredado.
La propia Guerra de la Independencia en España puede entenderse utilizando este esquema: levantamientos populares ante un rechazo instintivo y tribal al dominador extranjero. De ahí que posteriormente determinadas élites, tanto liberales como defensoras del Antiguo régimen, tratasen de dotar de una estructura y un trasfondo ideológico a aquel marasmo de guerrillas y alzamientos espontáneos, tratando de encauzar la fuerza descontrolada de aquellas masas hacia un proyecto político u otro.
A lo largo del siglo XIX y sobre todo del XX, el panorama cambió radicalmente:
Los levantamientos no eran espontáneos, sino que existía ya una ideología de base, muchas veces de carácter revolucionario.  
Autores destacados de aquel tiempo integrantes del Regeneracionismo como Unamuno u Ortega y Gasset plasmaron este cambio: Las masas populares, antes sujetos pasivos, habían sido ideologizadas y eran ahora el actor principal de la vida de las naciones, una vez quedó establecido el sufragio universal. 
Así inicia Ortega y Gasset su obra La rebelión de las masas (1929):
>>Hay un hecho que, para bien o para mal, es el más importante en la vida pública europea de la hora presente. Este hecho es el advenimiento de las masas al pleno poderío social. Como las masas, por definición, no deben ni pueden dirigir su propia existencia, y menos regentar la sociedad, quiere decirse que Europa sufre ahora la más grave crisis que a pueblos, naciones, culturas, cabe padecer. Esta crisis ha sobrevenido más de una vez en la historia. Su fisonomía y sus consecuencias son conocidas. También se conoce su nombre. Se llama la Rebelión de las masas. <<
Es palpable el rechazo del filósofo español a esta situación. No es casualidad, tampoco, que muchos intelectuales defendieran la aparición de un dictador ilustrado que guiase a esas masas desatadas: El cirujano de hierro.
Los periódicos y folletos fluían por las calles europeas del siglo XX. Sus titulares, portadas y noticias influían notablemente sobre el conjunto de la población. La brutal inestabilidad política de aquellos años es incomprensible sin el poder de influencia de aquellos escritos.
Véase la campaña propagandística que se produjo en España entre 1934 y 1936 que fue, a todas luces, una de las causas fundamentales del futuro conflicto bélico ante la

escalada de la conflictividad social que provocó. El poder establecido trataba de capear el temporal de las mareas sociales desatado por la propaganda escrita.
Pero del mismo modo que los copistas medievales quedarían superados por el ingenio de Gutenberg y éste a su vez por las imprentas contemporáneas de la revolución industrial, nuevos inventos habrían de producir cambios vertiginosos en la creación y la distribución de la cultura: La radio y la televisión. Aquellos dos aparatos permitían por primera vez que la información llegase de manera directa a un sujeto pasivo que no tenía que hacer absolutamente nada más que sentarse y escuchar. Incluso sin realizar el esfuerzo de interiorizar lo retransmitido, el mensaje calaba.

Ni que decir tiene que la propaganda cambió de un modo radical: la prensa escrita siguió teniendo su importancia y se produjo cierta simbiosis entre periódicos, cadenas de radio y televisiones (En definitiva, existía ya una industria de la información) y, sin embargo, la difusión de la información a través del papel entraría en una irrefrenable crisis en la cual todavía se encuentra inmersa a día de hoy.
El poder de influencia de cada pequeño periódico se había visto reducido considerablemente: Lo que te contase el tipo famoso de la tele o la grave voz que sale a través del transistor siempre iba a tener una mayor credibilidad.
En ese sentido, la distribución de la cultura había quedado totalmente centralizada a través de los nuevos sistemas de difusión. Seguramente muchas razones expliquen la contraposición entre los agitadísimos años 30 europeos y la estabilidad posterior que dura hasta hoy día, pero sin duda alguna el control de la propaganda a través de unos poquísimos medios televisivos y radiofónicos ha tenido su relevancia.
 La capacidad de influencia que tendríamos cada uno de nosotros estaba reducido a un pequeño círculo de influencia, que bien podía tomarle a usted por loco en caso de que soltase un par de verdades previamente machadas en las mentes de la gente a través de la televisión. En ese sentido, la lucha ideológica, era cuanto menos una tarea de titanes.
Cada persona particular no tenía poder de influencia sobre esos medios ya que montar tu propia emisora o tu programa de televisión era imposible y en caso de lograrlo la audiencia sería ridícula.
La capacidad de maniobra sobre la televisión se limitaba por tanto a elegir los canales o directamente apagar el monitor. Siempre se podía recurrir a la cultura escrita anterior ya que seguían, y siguen, vendiéndose libros, aunque la difusión dependería a su vez del apoyo publicitario de los grandes medios. Además, siempre es más sencillo continuar siendo un objeto pasivo que consume radio o televisión de un modo gratuito, que moverse activamente para comprar y estudiar un libro. Tan solo unos pocos emprenderían la ardua tarea.
Se mire por donde se mire, la difusión de la cultura y, con ella, la propaganda, habían quedado centralizadas.

Aquella situación, sin embargo, no provocaría el final del avance de la Historia, y los inventos y descubrimientos continuaron haciendo acto de presencia. Cuando el siglo XX entraba ya en sus últimas décadas uno de estos ingenios comenzaría a crecer como una bola de nieve hasta convertirse en el gigante que conocemos hoy: Internet
Internet ha evolucionado y continúa evolucionando de una manera aceleradísima:
Desde sencillos programas para colocar textos en la red, hemos llegado a la creación de auténticas comunidades virtuales. Foros, manuales, vídeos, tratados comerciales, inversiones, … Todo se hace ya por esta nueva vía. De hecho, numerosos estudios señalan ya que cada vez más gente se informa a través de Internet: Del mismo modo que la TV y la radio eclipsaron a la prensa escrita, lo mismo hará la red con los medios de información tradicionales.
Existe, sin embargo, claras diferencias entre uno y otro sistema de difusión cultural: En Internet un usuario particular puede intervenir. No hay porque resignarse a cambiar de canal o a apagar la caja tonta. Cada uno, desde nuestras casas, podemos crear contenido y difundirlo. Puede decirse que con Internet se está volviendo a la Era pre-televisiva: Cada grupo, asociación o pequeño partido puede crear su propia serie de escritos. Y sin son lo suficientemente hábiles, éstos tendrán difusión.
Duncan Watts sostenía en uno de sus trabajos que todos los seres humanos del planeta estamos conectados por tan solo SEIS contactos:
>>Según esta teoría, cada persona conoce de media, entre amigos, familiares y compañeros de trabajo o escuela, a unas 100 personas. Si cada uno de esos amigos o conocidos cercanos se relaciona con otras 100 personas, cualquier individuo puede pasar un recado a 10.000 personas más tan sólo pidiendo a un amigo que pase el mensaje a sus amigos.<< (Fuente)

Esta teoría podría llevarse a la práctica a través del uso de las redes sociales en tanto que éstas serían el nexo por el cual iríamos conectando con cada conocido sucesivamente. ¿Qué quiero decir con todo ésto? Básicamente, que, en todos los países europeos, haciendo uso de los actuales instrumentos de telecomunicaciones, podemos hacer llegar un mensaje a cualquiera de sus habitantes. La centralización de la propaganda puede quebrarse a través del uso de Internet.
Otro ejemplo claro de este fenómeno es como se ha venido creando una auténtica cultura independiente en la red, con influencers, youtubers y frikis varios, que han aparecido de la nada y se han convertido en virales. Todo tiene su contrapartida negativa, está claro. El caso es que no deja de ser un indicativo del alcance que se puede tener en este medio.
Se lo que muchos estarán pensando: Todo esto no son más que castillos en el aire que, a la hora de difundir un mensaje disidente y patriota, no tendrán ningún tipo de éxito: En Internet solo los frikis pueden triunfar. Para tratar de desmontar este argumento tenemos dos grandes hitos acaecidos en el año pasado: Brexit y Trump.
Estos dos acontecimientos marcan, en mi opinión, el inicio de una nueva época:
Los medios de información tradicionales, periódicos y televisiones, se posicionaron desde el minuto uno en contra. Se emitieron programas a diario para demonizar a los organizadores, se montaron manifestaciones públicas, se llegó a acusar de cosas gravísimas a los implicados, … Y, aun así, se cumplieron los objetivos. ¿Cómo pudo ser eso posible?
La explicación más lógica es que en los últimos años se han venido desarrollando un amplio abanico de medios alternativos, precisamente creados por particulares que, en conjunto, han logrado rivalizar con los mass media. Se entenderá que una persona trabajando individualmente no puede hacer sombra a El País o a Antena 3. Pero si 50 personas, coordinadas o no, trabajan afanosamente, la cosa cambia.
Del mismo modo que la aparición de la TV y la radio hirió de muerte a la prensa
escrita, Internet habrá de superar y enterrar a la caja tonta. Todos los expertos apuntan a que el uso de televisión como medio de información está decreciendo mientras que la utilización de Internet crece de manera vertiginosa. En unos cuantos años ambos índices se cruzarán, uno al alza y el otro a la baja.
Con todo lo dicho hasta ahora lo que pretendo es que el lector comprenda que los sistemas para la difusión de la cultura y la propaganda han cambiado desde el siglo XX y, por tanto, debemos desterrar los planteamientos derrotistas y pesimistas típicos: No podemos hacer nada, los medios de masas lo controlan todo, nadie nos da voz, …
No, señores, ¡puede hacerse, se está haciendo y el trabajo ha dado ya sus frutos! Debemos hacer el esfuerzo de crear contenido de CALIDAD y de difundirlo a través del nuevo altavoz que es Internet. Cualquiera con un esfuerzo relativo puede llegar a unos pocos miles. Quizá piense usted que con unos pocos miles no se cambia nada. Nada más lejos de la realidad: Si cada uno de nosotros influye en su círculo de conocidos y en un par de miles a través de Internet, la difusión de una auténtica cultura patriota se produciría a un ritmo vertiginoso.
Por tanto, es la hora de abandonar el derrotismo y las excusas, que vienen muy bien para justificarse ante los demás y ante la conciencia propia, y pongámonos manos a la obra para cambiar las cosas.
>>No pienses en lo que va a pasar, y si en lo que puedes hacer>>




Recibe en tu e-mail todas las novedades

Comentarios

  1. Si se consigue que la televisión y los grandes diarios escritos dejen de ser considerados como oráculos infalibles,habremos ganado parte de la batalla.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Buenas Salvador,
      he ahí lo que reclamo en este artículo. Brexit y Trump demuestran que es posible.
      Muchas gracias por comentar

      Eliminar

Publicar un comentario